Supeditados a la redonda

Una de las grandes diferencias entre tú, el que me lees, y yo, es que a mí no se me caen los anillos a la hora de expresarme sin tapujos. Esa es una de las ventajas de odiar a todo el mundo. No le rindo cuentas a nadie, me es indiferente lo que la gente piense de mí, y por tanto actúo y pienso como me sale de los mismísimos.

Ahora párate a pensar si tú puedes decir lo mismo. Dime si la mayoría de tus acciones no van condicionadas a lo que pueda pensar de tí la chica que te gusta, tu profesor, tu jefe, tus padres o tus amigos. ¿Ves para lo que sirven? Para alejarte de tu verdadero ‘yo’ condicionando tu forma de ser. La gente que te rodea nunca te permitirá ser totalmente transparente.

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17 julio, 2008 at 11:43 pm 3 comentarios

Capítulo III | Mejor mirar hacia otro lado

He intentado dejar claro que mi misantropía no está basada en trastornos, complejos, o vivenvias del pasado. He querido hacer ver que simplemente se basa en el análisis de mi entorno. Igual que alguien ve una película y decide si le gusta o no, yo he visto todo cuanto me rodea y no me agrada. No es sólo que no me agrade, sino que me repugna. Sin embargo, vosotros seguis empeñados en encontrar una explicación que no os haga sentir culpables de aquello que critico y de lo que formáis parte. No me sorprende. Ya escribí con anterioridad que cuando la gente ve algo que no entiende o que va contracorriente, lo tachan con una cruz, lo etiquetan de extraño y que pase el siguiente.

Como decía, mi odio hacia el ser humano está basado en observar lo que me rodea, los comportamientos de cada individuo. Cada movimiento tiene una razón de ser, un motivo oculto. Se recurre a la falsedad y las caretas para enraizarse en el entorno. Es nauseabundo. Motivos no me faltan para odiaros. Puedo explayarme con varios. De hecho, lo haré, pero todo a su tiempo. Ahora os sacaré los colores con una de vuestras repulsivas conductas con la que muchos os sentiréis identificados, y otros no lo querréis reconocer.

Hace un par de meses entré en un bar para comprar tabaco. La luz tenue y la seductora música actuaron de forma hipnótica en mis pies, que se dirigieron por inercia hacia la barra. ¿Qué mejor forma de disfrutar del primer cigarrillo de una cajeta que con una buena cerveza? Me dispuse a ello cuando divisé a dos individuos riendo escandalosamente. Delante de ellos, una mujer alta y rubia intentando pedir en la barra. Fulano y Mengano estaban en plena fase de exaltación de la valentía más deplorable: sobrepasándose con la rubia, agitándola, arrojándola del uno al otro… y lo más inmundo y mugriento, escupiendo su espalda. (más…)

16 julio, 2008 at 7:12 pm 1 comentario

La propiedad asociativa de los ineptos

Traumas, complejos, problemas psicológicos, trastornos… Esas son las palabras con las que los ignorantes creen justificar los motivos de mi misantropía. Cuando la gente ve algo con lo que no está de acuerdo, enseguida lo justifican con palabras como insólito, demencial, anómalo… Es la forma más rápida de lavarse las manos y no entrar en detalles. En una época se miraba mal a las mujeres, en otra a los negros, más tarde a los gays, pero todos acabaron formando parte de lo común. Sin embargo, si alguien no soporta las míseras e interesadas conductas humanas está enfermo. O comulgas con las tendencias del rebaño o te catalogan de oveja negra.

Yo estoy encantado de ser esa oveja negra.

15 julio, 2008 at 4:17 pm 5 comentarios

Capítulo II | Aprendices de eruditos

Te tomas una cerveza con alguien y ya cree haber ahondado en lo más profundo de tu ser. “Tú lo que eres es un antisocial”. Plas, plas, plas. ¿Lo habrán deducido al saber que odio a todo el mundo? Ahí está la cuestión. Por supuesto que soy un antisocial, pero no por esa estúpida idea de que me cueste relacionarme. Simplemente no quiero relacionarme. ¿Por qué narices voy a querer mezclarme con aquello que me repugna?

Siempre la misma cantinela. La gente se toma infinitas licencias a la hora de hablar y sacar sus propias conclusiones. Prejuicios de los que no tendría nada que discutir si estuvieran en lo cierto, pero no suele ser así. Que alguien me llame hijo de puta no me molesta, porque es la verdad. Tampoco me importa que me llamen antisocial, porque es evidente. Eso sí, la muchedumbre me lo suele echar en cara como un defecto que debería corregir, cuando es algo de lo que disfruto.

Lo que me hace gracia y a la vez me irrita son comentarios de personas que se presuponen enteradas pero no pasan de pedantes. Esos que creen que te están ilustrando cuando lo único que logran es asediarte.

“Charlie, lo tuyo es grave. Mira, no sé si te has dado cuenta, pero si odias a la humanidad… ¡te odias a tí mismo! ¿entiendes? ¡tú formas parte de la humanidad!”

En fin, ¿cómo no voy a odiar a todo cuanto me rodea si no hay más que catetos?

15 julio, 2008 at 1:32 am 5 comentarios

Capítulo I | La camarera petulante

No me gusta la noche. Odio a la gente a todas horas, pero cuando cae la noche la sensación se eleva a la máxima potencia. Probablemente se deba a la falsedad que rodea a toda alma nocturna. Blindando su verdadero ‘yo’ mediante caretas presumidas e idealizadas, salen a la búsqueda de aventuras en braguetas ajenas. La mentira no importa si te conduce a meterla en caliente.

Dándote un paseo a la luz de la luna te das cuenta de lo débil y patético que puede llegar a resultar el ser humano. Salen con el objetivo de nublar el poco juicio que atesoran a base de ahogar sus venas con alcohol de mercadillo, auténtico matarratas. ¿Qué más da? No beben para disfrutar de un buen trago. Beben para conseguir lo más rápido posible la suma melopea. Al día siguiente presumen de ello, colocándose medallas por logros estúpidos. No son más que imberbes e ignorantes, que necesitan emborracharse para hacer desaparecer el sentido del ridículo, envalentonarse y aventurarse a realizar acciones que en estado sobrio obvian por falta de coraje.

La pasada noche salí a tomar una cerveza. Reconozco que me atrae lo que me repele, y por tanto me divierte observar aquello que odio. Tras cruzarme por mi camino con muchos críos con dificultades para sostenerse en pie y otras muchas misérrimas estampas, me adentré en una especie de pub. No había demasiada gente. Me alegré por ello. No sólo por el simple hecho de despreciar al prójimo, sino porque me gusta disfrutar de la bebida sin que las multitudes te atosiguen. (más…)

13 julio, 2008 at 11:17 pm 11 comentarios

Prólogo | Soy Charlie Mawson, y os odio a todos

Odio eterno a la humanidad. Esa es mi máxima. Odio todo cuanto me rodea. Unos dirán que es un defecto pero yo lo considero una virtud. Mis ojos son radares capaces de descifrar a lejana distancia cualquier tipo de intenciones oscuras del prójimo. Odiar es bueno. De hecho tengo la certeza de que el odio es el sentimiento más poderoso y placentero de cuantos existen, aunque reconozco que he oído de varios que a día de hoy no he sufrido en mis carnes, por fortuna.

Siendo sincero, creo que no los he vivido porque no existen. ¿Qué es eso que la gente llama amor? No es más que una tapadera. Una incierta palabra que engaña a sus propias cabezas y les evita meditar que en realidad eso que denominan amor no es más que oportunismo, explotación y un considerable síntoma de inseguridad. Mi vida es mía. Me ha sido concebida a mí. Yo soy dueño de ella y por tanto yo soy el que decide cómo manejarla. No necesito compartirla con nadie, como dicen de forma remilgada los que lo padecen. No lo necesito porque creo en mí. Sé que soy superior a todos los que me rodean, porque al contrario que ellos sé leer mi entorno e interpretarlo. Me alimento de la cruda realidad.

El mundo vive sumido en la ignorancia y la inseguridad. No se hacen preguntas porque no quieren saber la respuesta. Continuamente buscan algo a lo que aferrarse para seguir dejando la vida pasar sin preocupaciones ni interrogantes. Tienen miedo a la soledad. Me cuesta creerlo. No se me ocurre nada que me otorgara mayor satisfacción que el quedarme completamente sólo sobre la faz de la tierra. Sin embargo, otros se protegen con creencias estúpidas como la existencia de un ser todopoderoso al que adoran de domingo a domingo. Basan su vida en el desconocimiento, justificando sus vidas con razonamientos ridículos e inviables que les sirvan para no pensar que, aunque no nos guste, todo lo que tiene un principio tiene un final.

Odio al ser humano porque lo conozco a la perfección. Aparte de adorar vivir engañados o como mínimo ajenos a la verdad, son seres previsibles, crueles, superficiales e hipócritas. No tienen ningún reparo en venderte al mejor postor por beneficio propio aunque sea de modo absolutamente fariseo. Se dejan llevar por prejuicios sin ningún tipo de lógica, humillando al prójimo mientras los reparos brillan por su ausencia. Sus conductas son repugnantes.

13 julio, 2008 at 7:41 pm 3 comentarios


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