Capítulo I | La camarera petulante

13 julio, 2008 at 11:17 pm 11 comentarios

No me gusta la noche. Odio a la gente a todas horas, pero cuando cae la noche la sensación se eleva a la máxima potencia. Probablemente se deba a la falsedad que rodea a toda alma nocturna. Blindando su verdadero ‘yo’ mediante caretas presumidas e idealizadas, salen a la búsqueda de aventuras en braguetas ajenas. La mentira no importa si te conduce a meterla en caliente.

Dándote un paseo a la luz de la luna te das cuenta de lo débil y patético que puede llegar a resultar el ser humano. Salen con el objetivo de nublar el poco juicio que atesoran a base de ahogar sus venas con alcohol de mercadillo, auténtico matarratas. ¿Qué más da? No beben para disfrutar de un buen trago. Beben para conseguir lo más rápido posible la suma melopea. Al día siguiente presumen de ello, colocándose medallas por logros estúpidos. No son más que imberbes e ignorantes, que necesitan emborracharse para hacer desaparecer el sentido del ridículo, envalentonarse y aventurarse a realizar acciones que en estado sobrio obvian por falta de coraje.

La pasada noche salí a tomar una cerveza. Reconozco que me atrae lo que me repele, y por tanto me divierte observar aquello que odio. Tras cruzarme por mi camino con muchos críos con dificultades para sostenerse en pie y otras muchas misérrimas estampas, me adentré en una especie de pub. No había demasiada gente. Me alegré por ello. No sólo por el simple hecho de despreciar al prójimo, sino porque me gusta disfrutar de la bebida sin que las multitudes te atosiguen.

Me dirigí a la barra y pedí una cerveza mientras encendía un cigarro. Cuando pagué me di cuenta de que estaba siento atendido por una camarera cuyo intelecto debía ser inversamente proporcional al tamaño de sus tetas. Su prominente escote hablaba por sí sólo, y me contaba que no era más que otra aprendiz de ramera sirviendo copas para ganar dinero fácil que llegado el lunes se gastaría en unos zapatos que sólo usaría un par de veces hasta que se perdieran para siempre en el fondo del armario. ¿Trabajar para pagarse los estudios? No me hagáis reir… ¿Acaso no se puede poner copas sin enseñar el “poderío” anatómico de cada uno?

Me cobró y acto seguido dejó caer las monedas de la vuelta sobre la barra, en una muestra de arrogancia y repulsión mientras mantenía su mirada fija hacia otro lugar. Lejos de enojarme, se dibujó una sonrisa en mi rostro. Era el estereotipo de las camareras por antonomasia: atractiva, mínima vestimenta, orgullosa y sobre todo creída. Esas camareras que te miran por encima del hombro creyéndose la sal de la tierra, imprescindibles para que el planeta siga girando. Que sirven las copas como si con cada una de ellas estuvieran más cerca de ganarse la entrada al Edén.

-¿Qué estás mirando? -me preguntó-.

-¿Perdona?

-No te hagas el tonto… no has parado de mirarme el escote desde que has llegado.

-¡Caray! ¡Qué sagaz!

-Gilipollas…

-Dime, ¿por qué no puedo mirarte las tetas?

-Por respeto y educación, ¿te parece normal?

-Lo que no me parece normal es que si tanto te molesta que te miren las tetas, salgas con un escote que deja al descubierto hasta los pulmones. Si yo no quiero que me miren el culo no salgo con los pantalones por los tobillos, así que si tú no quieres que te miren las tetas, te recomiendo que para la próxima ocasión salgas con un jersey de cuello alto.

Se hizo el silencio.

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Prólogo | Soy Charlie Mawson, y os odio a todos Capítulo II | Aprendices de eruditos

11 comentarios Add your own

  • 1. Josete  |  14 julio, 2008 en 4:56 am

    Me alegro de haber llegado a tu web. Tienes talento. Espero ansioso el siguiente capítulo!

    Responder
  • 2. toni  |  14 julio, 2008 en 9:55 am

    Muy buena la segunda parte del comentario, solo decir que la primera parte es una enfermedad que tiene la juventud que con el tiempo se pasa.

    Desgraciadamente casi todo hemos pasado por esa etapa y es cuando pasan los años que te das cuenta de las tonterías que has hecho.

    Responder
  • 3. Scouser  |  14 julio, 2008 en 10:36 am

    Me ha gustado, aunque el escotazo es muchas veces una exigencia profesional.

    Responder
  • 4. peneana  |  14 julio, 2008 en 12:16 pm

    envidioso y reprimido…

    Responder
  • 5. Oscar  |  14 julio, 2008 en 12:45 pm

    Tu lo que eres tonto. La chica que se vista como le de la gana. Una cosa es que lleve escote, y otra que tu tengas derecho a mirarle las tetas lascivamente como si por pagar la copa pagaras ‘las vistas’.

    Lo que te dicen: eres un envidioso, un reprimido y añado, un antisocial, seguramente por algún trauma que te impide relacionarte con la gente (y que es posible que este causado por algo que sea verdad, cualquier problema mental tuyo, viendo lo que dices).

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  • 6. Yeye  |  14 julio, 2008 en 2:26 pm

    Oscar… y tu eres un pagafantas amariconado. El mismo derecho tiene ella a enseñar como el a mirar… es lo que hay. Y si no gusta, agua.

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  • 7. tiburon  |  14 julio, 2008 en 3:03 pm

    mmmm creo que algunos no os habeis dado cuenta de que todo es ficción. si pinchais arriba donde pone información vereis que el autor afirma que todo lo que relata es ficticio, y que cuenta la historia de un personaje arrogante, y no pensamientos subjetivos.

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  • 8. Omar  |  14 julio, 2008 en 3:29 pm

    Chicos , es ficción. Y si, si una chica se pone escote , uno tiene el derecho de verle los pulmones, el par colgando exije esos deberes.

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  • 9. rodrigao  |  14 julio, 2008 en 6:35 pm

    “Esas camareras que te miran por encima del hombro creyéndose la sal de la tierra, imprescindibles para que el planeta siga girando. Que sirven las copas como si con cada una de ellas estuvieran más cerca de ganarse la entrada al Edén.”

    jajajajajaja me he partido el culo con ese párrafo. es que tienes toda la razón amigo, no podría estar más de acuerdo.

    sigue así, que desde ya mismo tienes un lector más

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  • 10. Rome  |  26 febrero, 2009 en 4:58 pm

    Bravo

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  • 11. Dulcinea del Toboso  |  9 julio, 2009 en 12:16 am

    es genial. y tiene razon el segundo comentario, tienes talento. espero con ansia tu escrito.

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